
Desde los años 50 el Dr. George Canuyt planteó un contraste en el enfoque sobre el manejo de la voz cantada y la voz hablada: recalcaba que el común de la gente considera necesario aprender técnica para el canto, pero que ni siquiera se plantean la posibilidad de entrenarse para emplear, de manera cómoda y destacada, su voz hablada.
El Dr. Canuyt afirmaba: “La mayoría de la gente habla mal, abusa de su órgano vocal y fatiga su voz porque no ha aprendido a servirse de ella”.
Aunque hablar parece un acto muy natural, no resulta tan sencillo cuando hay exigencias especiales. Mantener el interés de la gente por varias horas, en el caso de la labor docente implica resistencia y expresividad, mientras que expresarse adecuadamente cuando están implicadas las emociones, como al sentirse evaluado en una entrevista, es todo un reto. Algo semejante sucede cuando se busca el cierre de una negociación; promocionar una idea, un producto o un servicio; impresionar al interlocutor y, ni se diga, hablar ante una audiencia o un medio de comunicación.
Ante estas situaciones son comunes las siguientes quejas: “se me fatiga la voz”, “al final de la jornada me duele hablar”, “siento que no me oyen”, “me siento monótono(a) y aburrido(a)”, “se me hizo un nudo en la garganta”, “se me ahoga la voz”, “me tiembla la voz y no logro controlarla”, “me ahogo hablando”, “la gente dice que parezco regañando” y un largo etcétera, que evidencian un gran desconocimiento del manejo de la voz hablada.
Adicionalmente, es sorprendente la cantidad de personas a quienes no les gusta su voz. A lo que se suma que, a varias de ellas, se les han calificado como “fea”.
Conozco en profundidad estas descalificaciones: las he escuchado, las he pronunciado y las he sufrido. Soy fonoaudióloga y consultora en comunicación oral, durante 12 años trabajé en la rehabilitación de patologías de la voz y el habla, y también me desempeñé por algunos años como actriz de teatro. Entré a estudiar fonoaudiología con el objetivo de trabajar con la voz del actor, pero, finalizando mi pregrado, unas docentes me aconsejaron que trabajara en la rehabilitación de los trastornos de la comunicación por patologías neurológicas, que era un área en la que me había destacado.
Mi voz, aunque llamaba la atención, lo hacía por motivos contrarios a los que yo deseaba: era considerada fea. Me había empeñado en trabajar mi respiración, que era poco coordinada, con mi emisión, mi articulación de las palabras, que era poco clara, y con la velocidad de mi habla, que era atropellada. Pero lo más llamativo y disonante era la calidad del sonido: se percibía agudizado, poco armónico y con una particular gangosidad que se acercaba a lo nasalizado. Ese era el mayor desafió: mi voz sonaba fea y en ese momento lo que concluíamos era que la genética no me favorecía: no me servía para ser una profesora de técnica vocal para el actor, como era mi anhelo, ni tampoco me iba a permitir destacarme en un escenario.
Para hacer una comparación con la voz cantada, era algo así como la persona a quien señalan de no tener oído musical y que es desafinada “por naturaleza”. También puedo hacer una comparación con lo que le pasa a varios bailarines de ballet que, aunque tienen gran amor por la danza y le ponen el corazón, no cuentan con los pies adecuados y no pueden hacer carrera en este arte. De esa manera por muchos años me resigné a no trabajar en lo que anhelaba de corazón y enfoqué mi dedicación en la rehabilitación de la comunicación en pacientes con lesiones neurológicas y con patologías vocales.
Un día, un paciente que había llegado con pérdida total de su voz, como consecuencia de una parálisis de cuerda vocal, y a quién rehabilité mediante el desarrollo de una voz de suplencia [1], hizo un comentario que despertó en mí nuevos interrogantes sobre mis viejas inquietudes. Él dijo: “¿Quién creería que tengo una cuerda dañada? Mi voz suena como normal”. Al oírlo me hice el siguiente planteamiento: “Si las herramientas fonoaudiológicas sirven para lograr que una voz con patología suene como normal, también tienen que servir para que una normal llegue a ser percibida como bella…y la mía va a ser una evidente prueba de ello”.
Decidí dejar atrás la impotencia y vergüenza que me producía el tener una voz “irremediablemente fea” y, sin ser consciente de ello, empezó a estructurase mi primer “propósito misional”. A partir de ese momento inicié un proceso de investigación, de estudios y revisiones bibliográficas; de experimentación en mí misma, en amigos y conocidos y, luego, en estudiantes de actuación, presentadores y reporteros de televisión. Y así, progresivamente, me fui encontrando con rutas complementarias y muy afines a los saberes de la fonoaudiología, tales como el teatro, la oratoria, la locución y las técnicas periodísticas.
Ese recorrido amplió mi visión: no era solo un tema de manejo de la voz, como sonido, producido por el sistema fonador; o del habla, como la producción de sonidos articulados. También tenía que ver con el uso del cuerpo que, en mi caso, limitaba el de la voz; con unos temores e inseguridades que afectaban mi habilidad discursiva; y con un desconocimiento de cómo lograr armonizar todos estos aspectos para transmitir mis mensajes de manera efectiva y memorable.
Pasaron catorce años durante los cuales, a pesar de mis conocimientos fisiológicos y terapéuticos sobre la voz, puse en riesgo la salud de mi aparato fonador, en donde varias veces me abordó el desánimo por no encontrar maneras efectivas para mejorar mi emisión. Pero cuando lograba resultados el efecto era impactante. La combinación de la ciencia, con el arte escénico y la locución empezó a dar sus frutos. Catorce años después de haber iniciado esta aventura fui sorprendida cuando al estar entrenando a unos estudiantes, acerca del manejo del micrófono, unas personas expertas en locución comercial y doblaje calificaron mi voz como destacada por su robustez, versatilidad y “belleza”.
Entonces, ya con plena conciencia, me enfoqué en un segundo “propósito misional”: estructurar un método sencillo, práctico y aplicable, sustentado en principios fisiológicos y expresivos, para entrenar la voz hablada en menor tiempo y con la seguridad de no generar alteraciones.
En este objetivo de trazar las rutas para lograr una voz agradable me han sorprendido el desconocimiento que hay en la mayoría de publicaciones no científicas acerca de la voz hablada y la popularidad de falacias, mitos y recomendaciones sin fundamento, varias de ellas perjudiciales. Y, en contraposición, me ha impactado lo inaccesibles y difíciles de aplicar que resultan para las personas que no pertenecen al campo de la medicina y la rehabilitación muchas de las publicaciones científicas que se ocupan del manejo de la voz.
Por experiencia puedo afirmar que calificativos como “fea”, “pequeña” o “chillona” son erróneos cuando se aplican a las voces pues dan a entender que se trata de características innatas, cuando más bien lo que hay es un desconocimiento y un uso poco armónico de la voz, a los que se suman autocensuras, temores, prejuicios, críticas y comentarios corrosivos por parte de otras personas.
En este marco nace “DCA ESPECIALISTAS” para responder a mi tercer “propósito misional”: colaborar a que usted, otros y cada vez más personas exploren, armonicen y disfruten su voz, y a través de ella comuniquen resueltamente, sin inhibiciones y sin barreras, sus ideas, sus iniciativas, sus sentimientos y sus decisiones.
Cierro este artículo con una invitación (casi una súplica) que considero un punto de partida: evite descalificar y rechazar su voz. Enfóquese más bien en explorarla, en conquistar formas de emplearla con libertad, en descubrir donde encuentra impedimentos y resistencias: en fin, en desarrollarla y buscar placer al usarla.
[1] Voz que reemplaza a la voz normal y que se obtiene modificando o empleando alguna estructura o función del sistema fonador. En el caso mencionado, se hipertrofia la banda ventricular (“cuerda vocal falsa”) del mismo lado del pliegue paralizado, para que esta contacte con el pliegue que está preservado y genere una vibración que permite una voz ligeramente agudizada y estrecha pero completamente funcional.
